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La tercera mano | Adolfo Couve | Alquimia

2016. Aparte de algunos textos sobre arte dispersos en revistas, Adolfo Couve no dejó registro por escrito de su ideario estético. Con el tiempo había llegado a unas pocas convicciones centrales –la traducción, la síntesis, lo universal–, que le servían para descifrar el funcionamiento de la novela y de la pintura, los dos rubros que le ocuparon la vida. Su pensamiento lo compartía mayoritariamente de manera oral, en sus clases en la universidad y en conversaciones ocasionales. Escucharlo era
estimulante, por la agudeza de las observaciones, por el humor y por los ejemplos dislocados que solía utilizar. Si no fuera por las entrevistas que dio durante treinta años, sus iluminadoras especulaciones se habrían ido diluyendo en la memoria de sus alumnos y de sus interlocutores. Muchas de ellas conservan incluso el habla de Couve, y casi uno puede percibir esa entonación particular que tenía al hablar de los temas de su interés, que combinaba el escepticismo, el entusiasmo y el desparpajo.

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